4 de abril de 2013

La alegría que nadie podrá arrebatarte... ¡Feliz Pascua!


Cuando San Francisco habla del gran misterio de la resurrección de Cristo (siempre de manera indirecta), solo le sale un sinfín de palabras que expresan júbilo, alegría, alabanza, canto, conmoción, danza, ofrecimiento, etc. Es la profundidad de su experiencia de la resurrección del Señor lo que expresan todas estas palabras, tomadas en su mayoría de la Escritura y de la liturgia, hiladas por la fe y el amor en el corazón de un hombre profundamente creyente. De un hombre vaciado de sí. De un hombre que ha mirado mucho al Cristo pobre y humillado. De un hombre que, casi al final de su vida, podrá decir: “Me sé de memoria a Cristo crucificado”. De un hombre que ha abrazado y curado con ternura el cuerpo “crucificado” de los hermanos leprosos… 

Esta alegría, este júbilo, este canto de alabanza… son verdaderos porque han pasado por la experiencia de la cruz y son fruto de la resurrección. ¡Ni el mundo ni ningún revés de la vida se los podrán quitar! Francisco fue aprendiendo que las alegrías que no nacen de la cruz, ¡con todo lo que esto significa!, son como fuegos artificiales, duran lo que duran, se van desvaneciendo poco a poco. De ahí que pida a sus hermanos con insistencia: “Decid entre las gentes que el Señor reinó desde el madero”

En esta Pascua de Resurrección “anclemos” nuestra esperanza y la fuente de nuestra alegría a la cruz de Jesús, árbol de vida. Dejemos que esta fuente riegue nuestras esperanzas y alegrías más pequeñas, las de cada día, para que las hagas más verdaderas, las ensanche y las purifique.

En estos días podemos orar con este salmo del Oficio de la Pasión, compuesto por San Francisco, en el que nos habla del triunfo de la resurrección del Señor:
Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. Porque el Señor es excelso, terrible, Rey grande sobre toda la tierra. Porque el santísimo Padre del cielo, nuestro Rey antes de los siglos, envió a su amado Hijo desde lo alto y realizó la salvación en medio de la tierra. 
Alégrense los cielos y exulte la tierra, conmuévase el mar y cuanto lo llena; se alegrarán los campos y todo lo que hay en ellos. Cantadle un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra. Porque grande es el Señor y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. 
Familias de los pueblos, ofreced al Señor, ofreced al Señor gloria y honor, ofreced al Señor gloria a su nombre. Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos. Tiemble en su presencia la tierra entera; decid entre las gentes que el Señor reinó desde el madero.

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!