El 16 de julio de 1228, Gregorio IX canonizaba a san Francisco en su ciudad natal, Asís, ante una gran multitud. Al día siguiente el Papa se trasladaba hasta la colina elegida en la zona oeste de la ciudad, para colocar allí la primera piedra de la que habría de convertirse en una “iglesia especial”, como él mismo la denominará en la Bula de construcción (Recolentes, abril de 1228). Y efectivamente: con el traslado del cuerpo de san Francisco de su ubicación provisional (iglesia de san Jorge) a la nueva basílica (1230) y la apertura de la misma al culto, se convirtió en un lugar de gracia y bendición, es decir, en un “lugar especial”. ¡Quien haya tenido la oportunidad de visitarla sabrá que es así! La fiesta de este día recuerda la solemne dedicación o consagración llevada a cabo por el Papa Inocencio IV el 24 de mayo de 1253.
La doble Basílica franciscana es considerada una iglesia única por su arquitectura y una de las más bellamente decoradas de todo el occidente cristiano. El tesoro artístico que custodia es fruto no sólo del ingenio de los grandes maestros de la pintura de los siglos XIII y XIV (Cimabue, Giotto, Simone Martini…), sino también de la sabiduría cristiana (y franciscana, podríamos decir) de hermanos de la talla de fray Elías de Cortona, San Buenaventura, fray Mateo de Acquasparta, fray Jerónimo de Ascoli (futuro Nicolás IV), etc., que inspiraron la realización de muchos de los ciclos pictóricos. Juntos, artistas y pensadores-inspiradores, elaboraron un proyecto bien definido que tenía como único objetivo suscitar la fe y la verdadera devoción en los fieles y peregrinos, proponiéndoles un “recorrido visual”, ¡una verdadera y profunda catequesis!, a través de los grandes momentos de la Historia de la Salvación (sobre todo en la parte alta de la Basílica superior, con el ciclo del Antiguo y del Nuevo Testamento) y por algunos de los principales episodios de la vida del “fiel seguidor de Cristo”, Francisco.
Pero la Basílica de san Francisco no es sólo una “bella reliquia” del pasado, sino que sigue siendo un lugar vivo y dinámico, un verdadero “pulmón espiritual” para toda la Iglesia, lugar privilegiado de encuentro con el altísimo y buen Señor, “Belleza siempre nueva”.
Muchos llegan hasta este lugar de belleza singular, desde cualquier rincón del mundo, atraídos por los magníficos frescos con que los grandes maestros la embellecieron para hacer de ella “una imagen de la Jerusalén del cielo”. A otros, ¡la mayoría!, les mueve el deseo sincero de conocer a aquel “hombre de nombre Francisco”, en palabras de su primer biógrafo Tomás de Celano, que hacia 1205 abandonó la seguridad de un futuro prometedor junto a su padre, el rico mercader Pedro Bernardone, o como caballero, para abrazar una vida nueva, la vida del Evangelio “sin rebajas”, y anunciar por los caminos, las plazas, las iglesias… la paz, la verdadera alegría, la fraternidad y la conversión sincera del corazón a Cristo.
De esta hermosa aventura hace ya más de 800 años y, aun así, sigue siendo sorprendentemente actual. Muchos de los que llegan a Asís queriendo saber algo más acerca de un personaje histórico, casi de fábula, quizás excesivamente mitificado y convertido en un héroe de la Edad Media, se marchan con “un regalo inesperado”. Muchos de los que hemos tenido la suerte de pasar un tiempo de servicio en aquel lugar lo sabemos por propia experiencia. La basílica que custodia la tumba del Poverello de Cristo sigue siendo un polo de atracción espiritual impresionante, un lugar de gracia en el que tantos (re)-descubren aquello que es esencial en la vida, lo que realmente importa, dejando lo accesorio y superfluo. En pocas palabras: ¡la belleza y la frescura de la fe!
San Francisco sigue llevando adelante la misión de atraer hacia Dios también a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y los Franciscanos Conventuales, desde hace ocho siglos, somos custodios de este “lugar de gracia” llamado, ¡no por casualidad!, “la Colina del Paraíso”; testigos e instrumentos de lo que Dios, a través de su siervo Francisco, sigue realizando en el corazón de tantos hombres.
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| Crucero de la Basílica inferior |
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Tumba de san Francisco. En las esquinas están enterrados cuatro de sus compañeros: León, Rufino, Ángel y Maseo. |
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| Nave central de la Basílica superior |